No se dirigieron palabra alguna, salvo para intercambiar alguna orden. Eran dos almas castigadas y solo Dios sabe que se odiaban a sí mismas, pero no entre ellas. Quizás la tensión, el miedo el fracaso enfriaron el ambiente, tanto que la comida parecía no haber sido calentada. Compartían un mismo hogar, compartían las posesiones pero no las ideas, o al menos eso tenían entendido. El sueño concluyó esa escena y trajo consigo el regreso de un nuevo día.
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